miércoles, 9 de mayo de 2012




El Viaje

Volar es fácil, dijo y saltó.
Me quede parada, apretando la rosa blanca.
Lo vi planear, lento, seguro. Las espinas enterradas en la palma de mi mano hacían latir de dolor mi carne.
No lloré, no podía llorar por ser cobarde.
Me quedé en la ruta y camine sangrando, hasta matar la rosa.
Supe de el por comentarios. 
Dicen que llegó a lugares secretos, mágicos. Dicen que conoce idiomas que nadie mas habla.
Cada tanto paro en la ruta y rebusco entre mis cosas la rosa ahogada. 
La miro un rato, le cuento mentiras, la engaño.
De aquel viaje que no hice solo me queda una cicatriz perlada.

domingo, 15 de enero de 2012

MÁS ALLÁ DE ACÁ

Afuera el viento helado, se divierte formando remolinos de polvo.
En el salón, la señorita Amanda explica con su voz tranquila, el error de la oración que garabateo una niña de pelo largo. No puedo dejar de mirarla, sus gestos, la forma en que mueve las manos señalando el pizarrón.
Me transmite una enorme calidez, me ayuda a escapar de ese eterno invierno en el que vivo.
Una aparición irrumpe, trayendo el viento helado consigo.
Mi madre esta ahí parada, en la puerta, con las manos juntas atrás y la cabeza gacha.
-Señora, buenos días, ¿en que puedo ayudarla?
-Vengo a buscar a la Mónica.
-Muy bien. Mónica, prepara tus cosas.
Salgo caminando despacio, como en un sueño. A mis espaldas, la voz de la señorita Amanda, flota en el espacio.
-No te olvides de preparar la lectura para mañana.
Camino unos pasos atrás de mi madre.
Los remolinos de tierra lastiman mis piernas. Quiero preguntarle porque fue a buscarme al colegio, pero no me animo, tiene el ceño fruncido y los ojos entornados.
Entramos a la casa y veo a mis hermanos todavía acostados. Están acurrucados en la cama, tapados hasta la cabeza.
Esta oscuro y huele a sucio. Sobre la mesa los platos de anoche siguen con las sobras resecas.
Mamá prende el brasero con unos papeles y pone los últimos pedazos de carbón a quemar.
-Está helado acá.
-¿No me digas, Che?
Ahí esta mi madre usando esa voz que hiere. Delante de otros, habla bajito y con miedo. Pero muchas veces, cuando nos habla a nosotros, parece que fuéramos culpables de algo que solo ella conoce.
-Mañana te venís conmigo a trabajar al criadero.
La orden, la sentencia, me pega como si me hubiera abofeteado. Me quedo quieta tratando de acomodar los pensamientos que se atropellan adentro de mi cabeza.
Acaricio el libro de tapas azules que me regalo la señorita Amanda.
Un libro lleno de historias con personajes, que luchan incansablemente. Siempre triunfa el bien y los malos reciben su justo castigo. Es todo mentira.
Ni me doy cuenta que mamá se acerca y me arranca el libro de las manos.
La veo ir al rincón y tirarlo al brasero. Se reaviva el fuego, llamas anaranjadas abrazan a los héroes de los cuentos que no tienen poder para defenderse de la realidad.
Miro hipnotizada el fuego mientras lloro en silencio.
Mi madre habla sobre el trabajo que consiguió para mí.
Por fin se calla y empieza a ir de acá para allá. Saca las cosas de la mesa y pone todo junto en el tacho formando un revuelto grasoso.
-Dale Moni. Abriga un poco a tus hermanos y te vas para el almacén, decile a la Eloisa que necesitamos harina y leche. Háblale bien, me escuchas, si se puede unos fideos también. Decile que cuando me pagan voy para allá. Ah, pedile un vino.
Otra vez afuera. Camino como si flotara, ya ni siento el frío.
El almacén me recibe con su eterno olor a fiambres y quesos, mezclado con pis de gato y vino agrio.
El hambre que atenaza, me recuerda que no comí nada desde el arroz hervido de la cena.
Hay gente, así que me quedo en un rincón acariciando al gato. Me da vergüenza pedirle cosas a Eloisa.
La observo, habla con todos a la vez, casi a los gritos, se ríe y entorna los ojos haciendo cuentas.
Detrás del mostrador queda medio oculta por toda la mercadería desparramada o colgando del techo, pero cuando sale de ahí, moviendo su enorme cuerpo, despide un perfume fuerte y desagradable.
Finalmente todos se van y ella me clava unos ojos chiquitos y oscuros.
Arranco con el pedido en voz baja.
-Mamá dice…
-Decile a tu mamá que está grande la cuenta.
-En cuanto cobra…
-Si ya sé.
Suspira y agarra una caja. Va poniendo las cosas y hace gestos de fastidio cuando le pido el vino.
Mientras llena la botella, empieza otra vez con lo de siempre.
-Tu mamá si que no supo hacer las cosas. Vos tenes que ser más viva. Lejos de ese rancho en el que vivís, hay otras cosas Mónica.
Mientras anota todo en una mugrosa libreta, pienso en lo que dijo. “Hay otras cosas” ¿Qué otras cosas puede haber?
-Que haces Mónica, anda de una vez.
Agarro fuerte la caja y le digo gracias.
Me viene a la cabeza un cuento del libro de tapas azules. Una doncella hermosa, lloraba en una torre, esperando a un valiente príncipe que la rescataría de su miserable vida.
Salgo del pueblo con la única compañía del viento y el frío. Miro a mí alrededor, todo es gris.
La tierra, los árboles desnudos de hojas, las casuchas desparramadas a los costados del camino
No importa cuanto llore, ningún príncipe vendrá jamás a un lugar tan gris.
Camino cada vez más rápido, la caja se me hace demasiado pesada. Siento como las cosas se golpean y pienso, voy a romper todo, mamá se va a enojar.
Me río. Me río a carcajadas y suelto la caja. Pega contra la tierra haciendo un ruido seco.
No puedo dejar de reír.
Lloro de risa.
Entre las lagrimas veo el revuelto de harina y fideos que armo el viento.
La leche y el vino se mezclaron formando un charco rosado.
Paso sobre las cosas con mucho cuidado.
Empiezo a caminar. Camino por horas, la noche me encuentra al costado de una ruta solitaria.
Estoy en el camino que me llevará más allá de acá.


viernes, 14 de octubre de 2011

Mejor que arder

Era alta, fuerte, con mucho cabello. La madre Clara tenía bozo oscuro y ojos profundos, negros.

Había entrado en el convento por imposición de la familia: querían verla amparada en el seno de Dios. Obedeció.

Cumplía sus obligaciones sin reclamar. Las obligaciones eran muchas. Y estaban los rezos. Rezaba con fervor.

Y se confesaba todos los días. Todos los días recibía la hostia blanca que se deshacía en la boca.

Pero empezó a cansarse de vivir sólo entre mujeres. Mujeres, mujeres, mujeres. Escogió a una amiga como confidente. Le dijo que no aguantaba más. La amiga le aconsejó:

-Mortifica el cuerpo.

Comenzó a dormir en la losa fría. Y se fustigaba con el cilicio. De nada servía. Le daban fuertes gripas, quedaba toda arañada.

Se confesó con el padre. Él le mandó que siguiera mortificándose. Ella continuó.

Pero a la hora en que el padre le tocaba la boca para darle la hostia se tenía que controlar para no morder la mano del padre. Éste percibía, pero nada decía. Había entre ambos un pacto mudo. Ambos se mortificaban.

No podía ver más el cuerpo casi desnudo de Cristo.

La madre Clara era hija de portugueses y, secretamente, se rasuraba las piernas velludas. Si supieran, ay de ella. Le contó al padre. Se quedó pálido. Imaginó que sus piernas debían ser fuertes, bien torneadas.

Un día, a la hora de almuerzo, empezó a llorar. No le explicó la razón a nadie. Ni ella sabía por qué lloraba.

Y de ahí en adelante vivía llorando. A pesar de comer poco, engordaba. Y tenía ojeras moradas. Su voz, cuando cantaba en la iglesia, era de contralto.

Hasta que le dijo al padre en el confesionario:

-¡No aguanto más, juro que ya no aguanto más!

Él le dijo meditativo:

-Es mejor no casarse. Pero es mejor casarse que arder.

Pidió una audiencia con la superiora. La superiora la reprendió ferozmente. Pero la madre Clara se mantuvo firme: quería salirse del convento, quería encontrar a un hombre, quería casarse. La superiora le pidió que esperara un año más. Respondió que no podía, que tenía que ser ya.

Arregló su pequeño equipaje y salió. Se fue a vivir a un internado para señoritas.

Sus cabellos negros crecían en abundancia. Y parecía etérea, soñadora. Pagaba la pensión con el dinero que su familia le mandaba. La familia no se hacía el ánimo. Pero no podían dejarla morir de hambre.

Ella misma se hacía sus vestiditos de tela barata, en una máquina de coser que una joven del internado le prestaba. Los vestidos los usaba de manga larga, sin escote, debajo de la rodilla.

Y nada sucedía. Rezaba mucho para que algo bueno le sucediera. En forma de hombre.

Y sucedió realmente.

Fue a un bar a comprar una botella de agua. El dueño era un guapo portugués a quien le encantaron los modales discretos de Clara. No quiso que ella pagara el agua. Ella se sonrojó.

Pero volvió al día siguiente para comprar cocada. Tampoco pagó. El portugués, cuyo nombre era Antonio, se armó de valor y la invitó a ir al cine con él. Ella se rehusó.

Al día siguiente volvió para tomar un cafecito. Antonio le prometió que no la tocaría si iban al cine juntos. Aceptó.

Fueron a ver una película y no pusieron la más mínima atención. Durante la película estaban tomados de la mano.

Empezaron a encontrarse para dar largos paseos. Ella con sus cabellos negros. Él, de traje y corbata.

Entonces una noche él le dijo:

-Soy rico, el bar deja bastante dinero para podernos casar ¿Quieres?

-Sí -le respondió grave.

Se casaron por la iglesia y por lo civil. En la iglesia el que los casó fue el padre, quien le había dicho que era mejor casarse que arder. Pasaron la luna de miel en Lisboa. Antonio dejó el bar en manos del hermano.

Ella regresó embarazada, satisfecha y alegre.

Tuvieron cuatro hijos, todos hombres, todos con mucho cabello.

Clarice Lispector





Otra versión de Proteo

Habitador de arenas recelosas,
mitad dios y mitad bestia marina,
ignoró la memoria, que se inclina
sobre el ayer y las perdidas cosas.

Otro tormento padeció Proteo
no menos cruel, saber lo que ya encierra
el porvenir: la puerta que se cierra
para siempre, el troyano y el aqueo.

Atrapado, asumía la inasible
forma del huracán o de la hoguera
o del tigre de oro o la pantera

o de agua que en el agua es invisible.
Tú también estás hecho de inconstantes
ayeres y mañanas. Mientras, antes…


Jorge Luis Borges


jueves, 15 de septiembre de 2011


Sueño con caballos negros
Corriendo bravos, no conocen dueño.
Sueño con tu espalda ancha
El lazo vuela inmovilizando en seco la carrera.
Sueño con tu mano fuerte
Aprieta violenta entre voces ancestrales y tiránicas.
Sueño un tiempo presente
Como si no hubiese transcurrido.
Sueño tu sonrisa ancha, orgullosa
Viste, decís, es mansito.
Sueño con un caballo negro
Los ojos sin brillo, el freno en su boca, la cincha ajustada.
Sueño la hoja brillante de tu cuchillo
En mi mano sobrando el metal.
Sueño tu vientre firme
Tan tierno al abrirlo de lado a lado.
Sueño tus ojos alucinados
Tu fuerza se pierde en un río bermejo.
Sueño un caballo liberado
Vamos, le digo, vuela.
Sueño la negra cabeza
Baja despacio, saborea el pasto fresco.
Sueño tu cuerpo torcido, mi mano manchada, la bravura apagada.

Me pasa que algunas veces, sueño.


domingo, 10 de julio de 2011

VITAE…

Espero el amor vampírico, el amor más allá de este mundo, más allá de la rosa y el poema en la tarjeta.
Me niego a guardar flores de lavanda en los libros.
Cuando llegue el otro amor, no lo recibiré.
Me quedaré muy quieta esperando que pase y aspiraré violentamente su aroma.
Después, en la soledad de mi interior oscuro, lloraré amargamente.
Estoy poseída por la búsqueda de extraños amores.
Ni siquiera parpadeo, tengo miedo de perder ese instante en el cual, el objeto de mi incesante búsqueda se presente.
La soledad pasivamente me acompaña, me da la mano cuando bajo empinadas escaleras, me palmea suavemente la espalda cuando agacho la cabeza y se acuesta a mi lado en las largas noches sin luna.
Las palabras dulces llegan a mis oídos y mi boca responde con una mueca de sonrisa.
No me importa la verdad, la comunión y la necesidad.
Solo quiero tiempo y lugar, para esperar.
Mi amor llegará un día y mi cuello estará listo.