domingo, 15 de julio de 2012

El calador de acero


A los doce años Horacio se despertó en mitad de la noche con la clara imagen de una hermosa maquina reluciente en su cabeza.
Hijo único y tardío de un humilde matrimonio que murió en un accidente de auto cuando tenía diez años, quedó a cargo de su único pariente. Un tío solterón, hermano de su madre y lleno de manías que lo cuido bien pero nunca se intereso mucho por sus cosas. Estas vivencias hicieron de Horacio un chico callado y solitario que se pasaba gran parte de su tiempo soñando. Terminó la primaria con buenas notas y empezó a trabajar como ayudante en el taller de Don Mariano. Con el correr de los años aprendió muchas cosas sobre mecánica, electrónica y armado de maquinarias. Poco a poco fue perfeccionando su invento soñado seguro de que sería una herramienta imprescindible. Dibujó infinitos planos que se iban sucediendo y cambiando, tomó notas en muchos cuadernos de tapa dura que guardaba ordenados por fecha en una caja de madera que el mismo construyó, lustró y pintó en su tapa con grandes letras doradas “Calador de Acero”.
Al cumplir dieciocho años su tío falleció y Don Mariano que le había tomado cariño, lo dejo mudarse a una pequeña pieza arriba del taller de reparaciones. Nada que pase por sus manos queda sin ser arreglado o convertirse en otra cosa de uso práctico. Siempre se lo siente martillando, puliendo, lijando y al final del día emerge sonriente, totalmente sucio y con algún artefacto de su invención en las manos. Pero ciertamente el calador de acero, como él lo llama, es su sueño maestro.
Juana, como muchas otras chicas de pueblo, estudió corte y confección en la academia de la sociedad de fomento. Las revistas de moda que llegaban de la capital alimentaban su imaginación. Podía pasarse la tarde sentada en la vieja silla de mimbre del patio de la casa paterna con una pierna colgando del apoyabrazos. La balanceaba distraída con un lápiz en la boca y el bloc de hojas cansón sobre su falda. Dibujaba incansable los modelos que algún día formarían parte de su exclusiva colección.
Una tarde de verano en la que no habia mucho que hacer los encontró paseando por la plaza principal. Ella charlando con sus amigas y el solo, como siempre, mirando el piso en busca de una piedra que patear.
El amor nació entre ellos en cuanto se vieron. Empezaron a encontrarse los domingos como al descuido y sin hacer verdaderas citas. Conversaban durante horas y muchas veces Juana salía disparada para su casa porque se le pasaba el horario que su madre le imponía para estar devuelta. Horacio se marchaba con el recuerdo de su sonrisa y un sentimiento de tristeza por tener que esperar hasta el próximo encuentro para volver a verla.
Unos meses después en que estos encuentros se habían sucedido entre la ansiedad de verse y la desazón de separarse, Horacio se animó a mostrarle sus atesorados dibujos del calador de acero. Juana quedó deslumbrada y escuchó con absoluta atención lo que Horacio le contaba. No entendía mucho sobre tecnicismos, pero no le importaba, lo miraba fascinada viendo como su expresión cambiaba cada vez que nombraba el artefacto.
Desoyendo todos los consejos de la familia de Juana para que esperen un tiempo y se conozcan mejor, los jóvenes decidieron casarse. Un año después del primer encuentro, el diez de enero a las once de la mañana, una hermosa novia entró en la humilde capilla del pueblo.
Juana diseño y cosió su vestido blanco. Un modelo delicado y lánguido bordado con pequeñas flores de raso que fue el comentario de todos los que presenciaron la ceremonia. El día que lo terminó y se lo probó frente al antiguo y enorme espejo de su cuarto se juró que sería el primero de muchos otros modelos diseñados por ella.
Horacio la esperaba en el altar extasiado por la visión de la hermosa mujer que amaba. En cierta forma, todavia le costaba creer que haya aceptado pasar a su lado el resto de sus días.
El obsequio de bodas de la familia de Juana fue un terreno con una pequeña casa que poseían en las afueras del pueblo, en campo norte más allá de la ladera del cerro Negro. Un lugar solitario que a ellos les pareció un paraíso. Horacio se encargó de los arreglos, construyó un corral y un establo para las dos vacas que también recibieron como regalo de bodas. Pintó la casa de blanco y Juana la decoró con floridas cortinas y muebles rústicos. En los fondos del terreno crecían arboles frutales plantados hace años. Ellos armaron una huerta y pensaron en un negocio común de conservas y quesos artesanales que venderían en las ferias dominicales del pueblo. Al regreso de una corta luna de miel en la Capital, se mudaron a su nuevo hogar.
Horacio armó su taller en el patio trasero de la casa, instaló ordenadamente sus herramientas y en un armario con llave guardo la gran caja de madera con los planos del calador de acero. Juana puso la maquina de coser bajo la ventana mas grande de la sala y su gran espejo de cuerpo entero a un costado. La vida matrimonial comenzó con los sueños intactos, el amor latente y la decisión de convertir en realidad todo lo que ambos imaginaron desde chicos.  
Catorce años después parecían vivir cada uno su propia vida. El matrimonio había llevado la relación a un estado de abulia profunda. En la casa, de apenas dos habitaciones, se movían como sombras que solo se cruzan por las rutinas diarias.
El entorno no ayudaba. En verano la extensa pradera era un canto de amarillos y ocres. Los pastos se quemaban con el sol intenso y solo al atardecer era posible respirar un poco de brisa fresca. Los inviernos eran aun peor, lluviosos al principio y helados después, los obligaba a estar sentados cerca de la salamandra con los ojos perdidos en libros o en su defecto en la pantalla de un televisor que solo trasmitía noticias rurales.
Horacio asumió que su invento era irrealizable. Sin los fondos suficientes ni el apoyo de un profesional que confiara en sus dibujos, jamás podría llevar a cabo ni siquiera un prototipo. Poco a poco dejo de lado su pasión por los inventos y solo agarraba las herramientas para trabajos que mantenían la vieja casa en pie. El resto del tiempo cuidaba los animales, la pequeña huerta o ayudaba a su mujer con las conservas y los quesos artesanales para vender en el puesto los fines de semana.
Juana por su parte vio alejarse cada vez mas su casa de alta costura. Lejos de la capital, lo único que cosía eran vestidos blancos para comuniones o bodas. Algunas veces le pedían el vestido de una madrina o de una quinceañera. Pero jamás aceptaban sus propuestas dibujadas en esbeltos figurines. Siempre elegían aburridos modelos de escote espejo y mangas farolito. Finalmente no dibujó más, se limitó a coser lo que le pedían y si no había pedidos cosía bolsas para el pan, manteles, caminos para mesitas y cualquier otra cosa que pudiera vender junto a las conservas.
Las herramientas de Horacio se empezaron a oxidar y la maquina de Juana dormía cubierta por un retazo de tela para que no junte tierra. De la misma forma se fueron oxidando sus almas y no hubo retazo que pudiera cubrirlas del resentimiento. El amor, la admiración y todos los sentimientos buenos que se tenían se transformaron en un soportarse por obligación.
Juana empezó a reclamarle a Horacio no haber tenido hijos. No habían visitado medico alguno, pero ella estaba segura que era culpa de él. A Horacio no le importaba, no quería hijos de esa mujer que no perdía oportunidad de reírse de sus sueños, de su invento fallido. El calador de acero era su hijo y murió sin haber nacido.
La primavera de ese año se convirtió en verano antes de tiempo. Hasta los pájaros parecían desorientados. La tierra se seco temprano y el polvo lo invadía todo. Juana se afanaba en el intento de barrer varias veces al día pero era una tarea inútil. Los muebles y el piso estaban permanentemente cubiertos por una fina capa de tierra amarilla que deslucía todo. Horacio había agarrado el vicio de fumar, tal vez por el aburrimiento o tal vez para molestar a Juana que pese a su disgusto solo consiguió que no fumara adentro. Esperaba el atardecer con su brisa mas fresca para sentarse en una silla de paja en la galería del frente y fumaba tranquilamente mientras miraba el humo gris subir pesado hasta el techo de tejas y formar unas nubes falsas que tardaban largo rato en disiparse. Cuando se hacia de noche la brisa desaparecía y llegaban los insectos. Juana gritaba desesperada para que cierre la puerta y él sonreía con cierta malicia sin moverse siquiera. Ella le había pedido varias veces que compre esas lámparas eléctricas que matan los bichos, pero a él le parecía una crueldad andar electrocutando moscas y polillas nocturnas. Cuando volvía del pueblo en la camioneta siempre tenía una excusa para justificar el olvido y soportaba la cantinela de su mujer con la expresión que mas usaba en su presencia, la de una total indiferencia.
La casa se había llenado de unas hormigas gordas y negras que Juana no lograba combatir. El las observaba divertido porque parecían mas inteligentes que su mujer y nunca se acercaban a los montoncitos blancos de azúcar con veneno que ella les dejaba en la cocina.
Una tarde con un sol que parecía más inclemente que nunca, Horacio daba vueltas para no ir a limpiar el corral de los animales. Salió a la galería y prendió un cigarrillo apoyado contra la pared de la casa esperando que pronto llegue el atardecer.
Un grito histérico de Juana lo sobresaltó. Venia desde el pasillo lateral que comunicaba con el patio trasero donde ella solía colgar la ropa lavada.
Caminó pesadamente levantando tierra seca con sus alpargatas y pensando que cosa la abría hecho gritar de esa forma. La encontró parada de espaldas en el ancho pasillo y se acercó despacio para ver que miraba tan quieta con las manos crispadas agarrándose la cabeza. Junto a la pared blanca de la casa se levantaba un hormiguero gigante. Parecía la maqueta de un volcán. De la boca grande y oscura que lo coronaba una interminable fila de hormigas negras iban y venían. Un surco profundo las guiaba directo a una pequeña rajadura en la pared donde desaparecían y volvían aparecer cargando cosas de la casa.
Juana giro sobre sus talones y lo miró con una furia que Horacio desconocia hasta ese momento. Tenía los ojos encendidos y los labios habían desaparecido por la forma en que  apretaba la boca. Cuando hablo su voz se escuchó congestionada, se le trababan las palabras al pronunciarlas. “Es tu culpa” le dijo, “las hormigas están invadiendo la casa y no te importa, como no te importa nada”. Estaba realmente sorprendido por la descontrolada furia de su mujer y no supo que responder, le pareció ridículo que se enojara tanto por unas hormigas. Sin pensar en lo que hacia empezó a reír y una vez que empezó no pudo detenerse. Las carcajadas le brotaban incontenibles, le lloraban los ojos y tuvo que agarrarse la panza y doblarse sobre si mismo por el dolor que le provocaba el esfuerzo.
Sintió el golpe en la nuca y el mundo se puso negro. 
Cuando despertó sintió la boca seca y miles de cosas caminando por su cuerpo. No podía moverse, de eso estaba seguro. Le dolía la cabeza como si le hubiera estallado el cráneo. Volvió a perderse en un mundo raro donde flotaba y no sentía dolor. Cuando despertó nuevamente, era de noche. Podía ver el cielo oscuro con miles de estrellas. Trato de dar vuelta la cabeza, pero el dolor en la parte de atrás era tan intenso que se quedo muy quieto y pidió con todas sus fuerzas volver a flotar, a no sentir. De todas formas justo antes de irse a ese mundo sin dolor, sintió nuevamente que miles de cosas caminaban por su cuerpo, bajo la ropa, adentro de sus alpargatas viejas, entre el pelo. En la boca tenia agua, no mucha, pero la trago despacio, agradecido de su frescura y después se durmió.
Durmió y se despertó de a ratos por un tiempo que no pudo definir. Pasaron días, veía la noche, los amaneceres, las tardes. Lo que no entendía era como no moría. Se sabía tirado en el piso sin poder moverse, era imposible estar vivo. Pero esa sensación de cosas caminando lo intrigaba aun más. Cada vez que estaba despierto sentía en su boca agua, jugos extraños, pedacitos de cosas como procesadas o masticadas. Él solo tragaba lo que sentía en su lengua y volvía a perderse en la inconciencia.
Abrió los ojos y sintió que su cuerpo se movía, muy lentamente. Bajo su espalda podía sentir miles de cosas caminando. Eran apenas perceptibles pero lo llevaron hasta la galería bajo el techo donde se sentaba a fumar. Sintió mas cosas en la boca que tragó con ganas, estaba hambriento. Movió los ojos para los costados. Seguía sin poder girar el cuello. No vio a Juana por ningún lado. La casa parecía abandonada. Trato de emitir un sonido, de gritar, pedir auxilio, pero no pudo y el adormecimiento volvió a el lentamente hasta que todo se volvió negro una vez mas.
Se duerme y despierta en periodos más cortos. Pudo levantar las piernas flexionando las rodillas. También levantó su mano izquierda y la puso a la altura de la cara. Tiene las uñas largas y esta sucio de tierra.
Despertó con mucho frio. Finalmente pudo mover la cabeza hacia los lados. Todavía le duele, pero se soporta. El pasto amarillento desapareció. En su lugar hay tierra partida por el viento de otoño, pronto el frio va a ser insoportable en la galería, necesita entrar a la casa, prender la salamandra. ¿Dónde estará Juana?
Hoy despertó sintiendo pequeñas gotas en su cara. El tiempo de las lluvias llegó. Logró levantarse y arrastrar su cuerpo dentro de la casa. Moverse desde la galería y cruzar la puerta le demando un par de horas. El frio y la humedad le calaban los huesos. Para su sorpresa la casa esta casi vacía. Cerró la puerta, se envolvió en la alfombra mugrienta que heredo de su madre hace muchos años y volvió a dormirse rendido por el esfuerzo.
Cuando finalmente se pudo levantar del suelo, encender la estufa y hervir un poco de arroz que encontró perdido en la alacena, el invierno estaba instalado en el campo norte. Las hormigas habían desaparecido, al igual que su esposa. Se sentía muy débil, pero de todas formas logro abrigarse con lo que encontró en el ropero y salir de la casa. Los animales no estaban, la camioneta tampoco. Caminó los tres kilómetros hasta el pueblo con pasos lastimosos, descansando cada tanto tirado al costado del sendero con la esperanza de ver algún vecino que lo ayude, pero en esa época del año nadie iba por esa zona.
Finalmente vio las luces del pueblo cuando ya era noche cerrada y sentía que se congelaba. Con las últimas fuerzas logró entrar al bar de Don Aurelio agarrado de las paredes. El pobre viejo casi se muere por la impresión de ver llegar a ese despojo humano, sucio, con barba de meses y un rejunte de ropa colgando de los huesos. Tres parroquianos que demoraban el cierre del boliche pidiendo mas bebida, corrieron a sostenerlo justo antes de caer al suelo.
En el pueblo todos pensaban que se había ido. Lo imaginaban viviendo en otro lado, enamorado de otra mujer. Le contaron que Juana dijo a todo el que la quisiera oír “Mi marido me abandono” llorando a moco tendido. Dos días después de aparecer por el pueblo salió para la capital manejando la camioneta sin despedirse de nadie. Los padres se veían poco por el pueblo después de la partida apresurada de su única hija. Venían a misa los domingos o a comprar algunas cosas al almacén, pero ya no hablaban con nadie ni participaban de las actividades vecinales como siempre lo habían hecho.
A Horacio no le importó. Lo que realmente le preocupaba, lo que no podía dejar de pensar era como había sobrevivido todo ese tiempo. ¿Las hormigas lo habían mantenido con vida? Se prometió volver el verano siguiente y buscar el hormiguero. De alguna forma tenia que agradecerles lo que habían hecho por el, aunque esto sonara totalmente ridículo.
El medico que lo atendió no podía comprender como había sobrevivido con semejante golpe en la cabeza. El por su parte no hizo denuncias ni declaraciones. Contó una historia vaga respecto a un accidente lejos de la casa que lo inmovilizó por días y aseguró que tal vez por eso Juana creyó que la había abandonado. A muchos la historia no les cerraba, pero Horacio se mantuvo firme en sus dichos y mientras se recuperaba del todo la cuestión fue quedando en el olvido, casi como si nunca hubiera pasado.
Cuando el nuevo verano llegó estaba totalmente recuperado. La propiedad de campo norte le pertenecía solo a el ya que la familia de su esposa no estaba interesada en un lugar sin perspectiva de explotación alguna y no tuvieron problemas en cederle el titulo de propiedad. De Juana le contaron poco, cosas sueltas sobre un trabajo en un taller de costura en la capital. Horacio sospechaba que la familia conocía la historia real de lo que había pasado y buscaron una forma discreta de sacárselo de encima. Para él fue mejor de esa forma, no quería saber nada con Juana, pero la casa en campo norte le interesaba y mucho.
Pidió prestada una motocicleta a un conocido y se fue para la casa abandonada. Se instaló con todo lo necesario y esperó pacientemente que el volcán de tierra se formara y la colonia de hormigas comenzara su trabajo estival. Durante ese tiempo ordenó las pocas cosas que había dejado Juana en la casa. Pero por mas que buscó no encontró su caja de madera con los cuadernos y planos del calador de acero. Por un momento pensó que ella se la había llevado pero después llego a la conclusión de que seguramente la había destruido y la odio más por eso que por haber intentado matarlo.
El verano terminó y las hormigas no regresaron. Totalmente decepcionado volvió al pueblo sin saber que haría de su vida.
Don Mariano le ofreció nuevamente trabajo en el taller con la posibilidad de vivir en la piecita de arriba. Sintió que volvía al principio o lo que era peor, que retrocedía. De todas formas trabajar lo hizo sentir útil y cuando se quiso acordar ya estaba otra vez soñando con construir el calador de acero. Entre reparaciones de planchas y otras tonterías, dibujaba los planos según los guardaba en su memoria. Cuanto más avanzaba, mas feliz se sentía.
Una tarde muy fría, sonó el teléfono del taller. Él estaba totalmente abstraído en uno de sus dibujos y la voz de mujer del otro lado de la línea lo sorprendió. Era una voz que amablemente le pedía que fuera al colegio porque la caldera se había roto y hacia mucho frio en las aulas.
Mientras caminaba las dos cuadras que lo separaban del colegio golpeado de frente por un viento intenso, recordó haber oído hablar de una nueva maestra. Una porteña joven y muy linda según comentaban.
La maestra lo recibió con una sonrisa y lo acompaño hasta el sótano del pequeño edificio donde funcionaba la escuela. Durante el breve camino ella no dejó de hablar sobre el problema a reparar. Pudo percibir que la joven tenía conocimientos sobre el funcionamiento de una caldera y eso lo lleno de asombro.
Reparo el desperfecto rápidamente y encendió la vieja maquinaria que se quejo un poco hasta prender completamente. Se presentó en la dirección para informar que todo estaba listo y encontró nuevamente a la joven mujer quien al despedirse le tendió la mano y le dijo “me llamo Alicia ¿y Ud.?”, por alguna razón solo pudo contestar “Horacio” le estrecho rápidamente la mano y volvió al taller caminando tan rápido que llego casi sin aire.
 Desde esa visita al colegio no pudo sacarse a la maestra de la cabeza. Se sorprendía con un destornillador en el aire a medio camino de un aparato a reparar, sonriendo como un bobo y pensando en el renegrido y brillante pelo de la maestra. Sus ojos grandes y expresivos con pestañas largas. Los hoyuelos apenas perceptibles que se le formaban cerca de la comisura de los labios cuando sonreía. Cuando esto pasaba se decía a si mismo que era una tontería, porque la había visto solo una vez y no conocía nada de ella.
Pero en un pueblo chico eso es fácil de solucionar. Como quien no quiere la cosa comenzó a preguntar. La gente no tenia problema en hablar de los demás y pronto supo que era soltera, que había solicitado un empleo en el interior y que los chicos la adoraban.
Finalmente se dejó de dar vueltas y una tarde bastante fría la esperó a la salida del colegio. La invitó a tomar café con bizcochuelo casero en lo de Don Aurelio. Ella acepto y comenzó una amistad que se prolongó en los meses.
Llegó el verano nuevamente y también los días lindos para pasear por la plaza del pueblo. Todos hablaban de la pareja y hacían apuestas sobre cuanto tardarían en irse a vivir juntos. Por su lado Alicia y Horacio tenían muchas cosas en común. Ella resultó ser hija de un mecánico de autos, que al igual que Horacio siempre estaba reparando algo. Su madre murió cuando tenia ocho años así que se crio muy cerca de su padre. Pronto aprendió a manejar herramientas y conoció los secretos del funcionamiento de muchos mecanismos. Como hace muchos años atrás, Horacio se atrevió a mostrar los dibujos y notas del calador de acero a una mujer. Desde ese momento Alicia no dejo de aportar ideas y mejoras en muchos aspectos técnicos. Él estaba halagado por su interés y deslumbrado por sus conocimientos.
Después de pasar las tardes juntos cuando regresaba a la pieza donde vivía se daba cuenta que la extrañaba. Su relación con Juana parecía algo lejano y perdido en la memoria. Era increíble que haya pasado tan poco tiempo desde esa tarde en que todo se volvió negro y de alguna forma nació otra vez.
Decidido la citó en la plaza y le confesó sus sentimientos sin muchas vueltas. Alicia sonrió y le dijo que nada de su historia anterior le importaba, también lo quería y eso le parecía lo único importante.
Se comprometieron una mañana de ese verano con un juramento raro para muchos pero especial para ellos. Juraron construir juntos el calador de acero.
Horacio le comentó su idea de vender la propiedad de cerro norte. Con el dinero podrían comprar la casita de la Señora Virginia, una solterona que falleció el invierno anterior. Estaba ubicada en el pueblo cerca del trabajo de los dos, era luminosa, bien construida y con pocos arreglos quedaría perfecta.
Alicia se entusiasmo tanto que le propuso ir en ese mismo momento hasta la propiedad abandonada y arreglarla un poco para sacarle una foto. La podrían publicar en el diario zonal y tener más posibilidades de una pronta venta. Se subieron al viejo auto de ella y marcharon con algo para almorzar, cosas para la limpieza y la cámara de fotos.
Llegaron cerca del mediodía. La casa se encontraba bastante mal, pero Alicia no se desanimo. Le dijo que primero podían comer algo y después limpiarla un poco, sacar las cortinas roídas y acomodar unas flores silvestres en la galería. De esa forma, la foto tomada de lejos, tendría un aspecto más agradable para publicarla en el aviso de venta.
Se sentaron a comer sobre unas piedras no muy lejos de la galería del frente de la casa, riendo y hablando animadamente.
Entre risas, Alicia se golpeó el brazo con la mano como cuando uno mata un mosquito. Horacio le preguntó si estaba todo bien y ella dijo “solo era una hormiga”.
Entonces las vio, quedó petrificado con un bocado a medio masticar en la boca. La enorme mancha negra que avanzaba a espaldas de Alicia cubría metros de extensión. No pudo emitir sonido, aunque algo en su cerebro le dijo que debían huir y rápido.
Alicia se levantó de un salto tirando por el aire el plato plástico con restos de almuerzo y comenzó una danza frenética acompañada de gritos desesperados. Sus manos no daban abasto para sacarse la enorme cantidad de hormigas que en  cuestión de segundos cubrieron su cuerpo, su cara, entrando y saliendo de la boca abierta. De pronto se quedó quieta y miró a Horacio con los ojos desorbitados. Lo que parecía ser una masa de hormigas con forma humana, cayó al suelo desapareciendo medio cubierta por los altos pastos que habían crecido en el abandono.
Con horror Horacio vio como el cuerpo inerte de la mujer que hace unos instantes reía con el, empezó a deslizarse lentamente hacia el costado de la casa. Era llevada por miles y miles de negras hormigas. Sin poder evitarlo siguió el extraño cortejo. Cerca de la pared lateral vio el hormiguero, gigante, mucho mas grande que aquel que desesperó a Juana. Este media más de dos metros de alto, la boca que lo coronaba era enorme y tenía muchos surcos profundos alrededor  por donde las negras y gordas hormigas iban y venían.
Metieron el cuerpo de Alicia por la entrada del gigantesco volcán de tierra hasta hacerlo desaparecer. Después lo rodearon y empezaron a subir por su ropa. Las sentía bajo los pantalones, bajo la liviana camisa veraniega, adentro de sus zapatos y hasta entre su pelo. Sin poder evitarlo fue empujado y avanzó el también hacia la enorme entrada. Flotando al ras del suelo, sus pies no llegaban a tocar la pared del hormiguero, solo subía y subía en el aire, hasta que lo bajaron al interior oscuro, húmedo y con un penetrante olor a tierra removida. La oscuridad era total. Sentía el movimiento a su alrededor pero no veía nada, desesperado giraba la cabeza a un lado y al otro tratando de ver. Pronunció el nombre de Alicia un par de veces, con una voz apenas audible, tenia miedo de gritar y que todo se desmorone quedando atrapado en ese agujero por siempre.
Fue entonces cuando sintió que se volvía loco. Cuando todo lo real dejó de existir en su mente. Delante de sus ojos se abrió una brecha de luz. Como si alguien corriera lentamente dos cortinas de tierra y de la abertura brotara una luminosidad brillante.
La línea de luz se hizo cada vez más grande y pudo ver que lo que se corría no era tierra. Eran hormigas, cientos, miles, millones de hormigas abriéndose a la vez para dejar al descubierto una enorme maquina plateada que irradiaba una luz enceguecedora. Asustado retrocedió sin pensarlo y sus talones golpearon contra algo duro. Cayó sentado sobre lo que parecía ser un banco de madera, tanteo sin atreverse a mirar hacia atrás y reconoció su lustrada caja de madera donde atesoro por años los planos del calador de acero. Ahora, finalmente lo tenía terminado delante sus ojos. 





domingo, 8 de julio de 2012

Virgilio




Ninguna noche, con frio mortal o calor insoportable, Ariel deja de ir al café de Rioja y Castillo.


Instalado en la mesita arrinconada en el fondo, lee compenetrado mientras toma café fuerte con una gota de leche fría y sin azúcar. El resto de los parroquianos no molestan, no hay televisor ni música funcional y los mozos parecen deslizarse sin hacer ruido sobre los mugrientos mosaicos del suelo. Un silencio pesado y opaco lo envuelve en su ritual obsesivo.
-Virgilio, no te entiendo.
La voz de mujer lo arranco de su ensimismamiento. ¿Virgilio? Pensó. ¿Quién puede llamarse Virgilio en estas épocas? Se sintió molesto de inmediato, el silencio que reinaba en su rincón acababa de ser interrumpido por la voz quejosa de una mujer sentada a su espalda. Se quedó quieto mirando la pared que tenia enfrente y espero escuchar la voz del Virgilio en cuestión. La respuesta no llego y la molestia iba creciendo. Respiró hondo, aflojo los hombros contraídos por el suceso y decidió volver a su lectura. Tomo un sorbo pequeño de café y enfrento la página 142 del libro.
-Lo siento Virgilio, no puedo.
Ariel levanto la vista del libro ante la nueva interrupción y volvió a quedarse quieto mirando la pared. Ahora la queja le sonaba como respuesta a un requerimiento que no había oído. No terminaba de entender como Virgilio hablaba tan bajo como para que el no escuchase que decía. Miró hacia el salón, apenas girando la cabeza a su derecha y diviso una mesita vacía en el otro extremo. Cerró el libro y apoyo las manos sobre la mesa para levantarse y cambiar de lugar. No pensaba soportar esa ridícula discusión de pareja. Entonces vio su café casi intacto y dejó caer las manos sobre las piernas. Con su natural torpeza se le hacia imposible mudarse de mesa con el café y el libro, seguramente tiraría algo al suelo. De repente estaba de muy mal humor.
Sintió a su espalda, con todo detalle, correrse la silla y el roce de la tela del vestido de la mujer al levantarse. Los tacos repicaron alejándose hasta perderse por completo. Experimentó una rara satisfacción por Virgilio. Después de todo para que quería a esa mujer que no lo podía comprender. Sin pensar en lo que hacia, se dio vuelta sonriente para ver el rostro de un hombre que andaba por la vida con semejante nombre ilustre. Solo vio la mesa vacía, un café sin tomar y un ejemplar de la Eneida.




domingo, 17 de junio de 2012

Un pasaje hasta la libertad





-Este calor da una sed terrible.
El hombre de hombros anchos y brazos fuertes, sostenía el jarro de latón bajo sus espesos bigotes mientras hablaba. Tomó tres jarros de agua, uno tras otro, con tragos largos. La nuez en su cuello grueso, bajaba y subía acompañando el líquido que pasaba por su garganta sin respiro. Le tendió el jarro a Rodrigo mirando el cielo. Suspiró satisfecho como si se hubiera quitado la sed del mundo.
Rodrigo cargo el jarro con agua del gran balde de zinc tratando de no meter la mano dentro. Mientras la bebida fresca pasaba por su propia garganta, pensó en lo inútil y estúpido de su cuidado. Lo mas seguro era que la mayoría meta el jarro con mano y todo. Se sirvió un segundo jarro permitiendo que su dedos llagados se hundan en el liquido y lo tomo mas despacio. Por las comisuras de su boca dejo escapar un poco adrede. Resbaló en dos chorritos finos por el mentón, el cuello, llegando hasta su pecho ardido. Colgó el jarro en el gancho al borde del balde y miró al gigantón escupir en sus manos callosas, frotar una contra la otra y subirse un poco el pantalón
-Bueno –dijo y empezó a caminar. Rodrigo lo miró alejarse sin moverse, sabia que debía seguirlo, pero se quedo quieto envidiando la fuerza de ese hombre. Extendió sus manos mientras bajaba la vista para mirarlas. Dos manos inútiles para ese trabajo, demasiado flacas y suaves. Las dolorosas llagas tardarían un largo tiempo en convertirse en callos duros. Volvió a mirar al hombre fuerte, del que no sabía ni el nombre, lo vio levantar el pico en el aire y dejarlo caer violentamente contra la roca dura. En el golpe, un enorme pedazo de piedra salto entre sus piernas y una lluvia de piedritas de distintos tamaños voló desde el lugar donde el pico pegó inclemente. Sin pausa volvió a levantar el pico y volvió a dejarlo caer, una y otra vez, arrancado a la cantera grandes piezas que salían disparadas y rodaban formando un montículo a su espalda. El apenas podía levantar el pico sobre su cabeza y para cuando pegaba contra la piedra ya no tenia fuerza. Con cada intento le parecía que se le iban a descoyuntar los brazos.
El silbato llegó pleno a sus oídos. Fue como si un rayo le partiera la cabeza. Ya no pudo pensar más. Desapareció todo lo que lo rodeaba y solo quedo la imagen clara de un tren avanzando en la lejanía. Sonrió tontamente y cerró los ojos en un intento desesperado por no perder esa visión.
Sintió el dolor brutal y lacerante en su antebrazo derecho. Se le aflojaron las piernas pero no permitió que sus rodillas tocaran la tierra. Sabía muy bien lo que le pasaba al que caía, lo había visto varias veces en durante esas dos semanas. Se agarró el brazo con la mano izquierda y giro para mirar al hombre vestido de gris descolorido, parado al lado del balde con agua. El tipo lo miraba fijo con sus ojos sin vida. En la cara chata de rasgos afilados solo sobresalía una nariz ganchuda. En la mano derecha pegada a su cuerpo colgaba el látigo corto de cuero negro que usaba para hablar. Había perdido tiempo, solo tenía un momento para tomar agua y volver al trabajo, pero sus sueños habían ganado nuevamente a su razón. Ahora el brazo le latía, la sangre mojaba sus dedos y el hombre lo miraba con sus ojos muertos. Dio la vuelta lo más rápido que pudo, sin soltarse el brazo y trató de correr a su puesto, pero solo logro un miserable trote. Cuando finalmente estuvo delante de su pico lo agarro con las dos manos tratando de levantarlo sin éxito. El brazo le dolía como los mil infiernos, si es que existen tantos. Se limpio la mano ensangrentada en el pantalón, respiro hondo y lo volvió a intentar. El pico se elevo en el aire y un momento antes de caerse de espaldas, llevado por el peso de la herramienta, lo tiro hacia adelante. Pego salvajemente contra la roca y reboto haciendo vibrar todo su cuerpo. Así estuvo lo que quedaba de ese día, levantando el pico y dejándolo caer sin lograr sacar una piedra de tamaño respetable de la dura roca.
-Que se le va hacer –decía el viejo Nicasio. No tendría mas de cincuenta años, pero todos le decían viejo –cuando tenés perpetua lo mejor es acabar pronto, por eso trabajo tanto, por eso casi no como, por eso un día de estos en que se me junte el coraje voy a dejar caer el pico acá ¿ves? –le dijo señalando su ingle –yo sé, porque algo leí, que por ahí pasa una vena importante, de esas que llevan mucha sangre, como la del cogote, si pego bien, chau –se quedo mirando el piso y no hablo mas. Siempre decía lo mismo, la única salida para los que tenían perpetua, era morir pronto.
Rodrigo no tenía perpetua, solo veinte años. Solo veinte años era una forma optimista de decir. En algún momento, durante el juicio, pensó que era una pena benevolente. No había cometido homicidio, su hermano si y ya estaba enterrado en algún lugar de ese territorio. Él era cómplice de robo a mano armada. Ahora que había pasado casi dos meses en Castel, ya no estaba tan seguro de poder aguantar veinte años. Por eso conversaba con Nicasio, nadie soportaba al viejo, siempre hablando de matarse y nunca concretando, pero lo había ayudado mucho. Lo defendió un par de veces en los primeros días y le consiguió el camastro de tiento trenzado cerca del agujero con rejas, que en ese lugar llamaban ventana.
Cuando bajó del micro, estaba aterrado. Nadie desconocía la existencia de Castel, pero ver la prisión de trabajos forzados era otra cosa. Parecía esculpida en la cantera misma. No se veía un ladrillo, una ventana con cristales, un techo, nada. Toda piedra gris con agujeros enrejados con hierros renegridos por el tiempo. El piso de tierra y el calor insoportable todo el año. Un viento, empecinado en soplar al ras del suelo, levantaba eternos remolinos de polvo fino que se metían en los zapatos. Una vez que traspasó la reja del frente lo pusieron en una línea con los otros catorce y apareció el hombre de los ojos sin vida. Caminaba derecho y rígido como si hubiera estado en eso que llamaban ejército. Se paró ante ellos con el uniforme gris descolorido y el látigo corto de cuero a su costado. Les habló con una voz segura y grave.
-Desde este momento son prisioneros del estado. Todos cometieron delitos graves, muchos no regresaran a las ciudades de donde vienen, otros tienen un tiempo prefijado para quedarse. Pero esto es para todos, acá hay reglas claras, dieciséis horas de trabajo en la cantera, seis de sueño, un desayuno, dos comidas y dos paradas durante la jornada de trabajo para tomar agua. No tienen ningún derecho, los perdieron cuando decidieron cometer el delito por el cual los condenaron, cuídense de lastimarse porque solo hay una enfermería de primeros auxilios y no serán trasladados a ningún hospital. No se permiten peleas, juegos de ninguna clase, libros, revistas, ni diarios. Tampoco tendrán visitas ni recibirán o enviarán correspondencia de ninguna clase. No hay televisión, radio, ni días festivos. Acá la semana de trabajo es de siete días, los trescientos sesenta y cinco días de los años que les toque quedarse. No recibirán retribución económica alguna por su trabajo. Si sobreviven, el día que se vayan está dispuesto que recibirán el dinero suficiente para viajar a la ciudad donde viva su familia o en su defecto a la ciudad que decidan ir. La ropa que se les proporcionará es propiedad del estado y cuidarla es su obligación. Las dos mudas deben durarles un año. Si la rompen o pierden, andarán desnudos o descalzos hasta el año siguiente. Yo soy el jefe de Castel y esta es mi voz –cuando pronunció esas palabras, levantó en alto el látigo corto de cuero negro para que pudiésemos verlo bien –esta es la primera y única vez que hablaré con ustedes. De ahora en más no serán necesarias las palabras. Ustedes obedecen y trabajan, caso contrario, sentirán mi voz. No es agradable trabajar lastimados y deberán hacerlo mientras puedan tenerse en pie. Eso es todo. –dicho esto, bajo el látigo, giro sobre sus talones y volvió por donde había venido.  
La primera vez que entre al rectángulo donde están los camastros me pareció que entraba a un horno gigante. Caminamos desnudos en fila india, con nuestros calzones como única prenda. En mis pies se enterraban dolorosamente, las piedras del piso. Nos ordenaron ponernos una de las mudas de ropa gris y guardar la otra en un estante que recorría todo el perímetro de la barraca. Consistía en un pantalón, una chaqueta y un par de zapatos con cordones y suela de goma. Se suponía que el camastro bajo la muda guardada era el que nos correspondía, pero como novatos estúpidos teníamos mucho que aprender. Salimos al sol implacable del mediodía sorteando varios pasillos atrás de dos guardias que caminaban a paso vivo. Sin detener la marcha, nos condujeron a la cantera a casi dos kilómetros de las barracas. Mis pies estrenaron los duros zapatos con unas rojas y dolorosas ampollas en los talones. Nos dieron un pico y un sitio donde empezar a moler roca. Ese día no tuvimos almuerzo, el horario había pasado. Tomamos agua una vez. Al anochecer sonó una bocina y todos dejaron sus picos apoyados en la piedra. Imité lo que hacían los otros y los seguí, siempre en fila india. Subimos a camiones desvencijados que se balanceaban de un lado a otro en el trayecto de vuelta. Mi espalda era un amasijo de dolores y quemaduras de sol. No podía abrir la boca por la sed, ni cerrar las manos por las ampollas lastimadas. Finalmente llegamos, bajamos y caminamos hasta la barraca. En cuanto entré me tiré en el camastro que había elegido. Me levantaron en el aire dos manos enormes y me lanzaron al piso. Mis huesos sonaron al estrellarse contra la tierra dura. Si, aprendí con mucho dolor como eran las cosas en Castel. Perdí mi segunda muda y dormí un par de noches en el suelo. Al principio me robaban todo, la comida, la cama, hasta que Nicasio se acercó y me llevó a uno de los camastros. Me empujó a lo bestia y caí acostado golpeándome la cabeza contra el borde de madera. Mirándome directo a los ojos, dijo con voz dura.
-De ahora en mas esa es tu cama, cada noche dormís ahí y cuando vamos a comer te sentas a mi lado, el pan que te dan es mío, también la fruta ¿se entendió?
Dije que si con la cabeza muerto de miedo. El viejo giro dándome la espalda y hablo sin dirigirse a nadie en especial.
-¿Se entendió?
Nadie contestó, ni siquiera lo miraron. Se acostó en su cama y se quedó mirando el techo. Desde ese día no comí pan ni fruta, pero conserve mi cama y pude dormir sin que me despertaran a patadas a mitad de la noche o me dieran vuelta el plato de comida en el piso.
El silbato del tren, a media mañana, me mantenía cuerdo. Estoy seguro de eso. Nicasio decía que era una estupidez. Yo pensaba que envidiaba mí posibilidad de salir libre.
Para mi propio asombro, fui acostumbrándome a la rutina y en un par de meses era un autómata más. Terminé el primer año con jirones de ropa sucia y los dedos de los pies afuera de los zapatos. Mi piel blanca se convirtió en un cuero duro curtido por el sol, mis manos suaves en dos callosidades torpes para todo menos para picar piedras. Al principio trate de mantener el orden de los días y las semanas marcando la pared con un pedazo de piedra, entre otras muchas marcas y ante las risas de Nicasio. Un día me dí cuenta que no sabia ni que estaba marcando y lloré amargamente. Fue la primera y ultima vez que lloré por algo en Castel, tal vez porque había perdido lo único que me quedaba de humano, vaya uno a saber. Por las noches se oía, cada tanto, a alguien llorar. Entonces le decía a Nicasio “otro que se perdió acá adentro” y el no contestaba nada. Muchos morían, algunos no volvían de las canteras. Eran levantados de donde caían por los guardias y lanzados al camión. Esperaban ahí hasta el fin de la jornada y después, supongo, los llevaban a la enfermería de la que habló el hombre de la mirada muerta, nunca lo supe, me mantuve lejos de ese lugar durante toda mi estadía. Otros se enloquecían por la noche, empezaban a gritar, a golpearse la cabeza contra la pared de piedra y los sacaban a la rastra. Los gritos se apagaban de a poco y seguíamos durmiendo como si nada.  
En cierto modo el tiempo no fue más que una sucesión de días iguales. Sol calcinante, trabajo bestial, comida repugnante, convivencia sin palabras y a dormir. Solo los recién llegados trataban de entrar en conversación pero les duraba poco. Las opciones eran adaptarse o morir. No había más.
El día que un guardia me llamó desde la reja de entrada a la barraca, estaba doblando mi ropa como hacia todas las noches antes de dormir. Escuchar mi nombre y apellido me sobresaltó. La costumbre entre nosotros era llamarnos por algún apodo, la mayoría de las veces denigrante. Me llevaron a una oficina diminuta y mal iluminada. Un hombre calvo de traje, sentado en un escritorio, empezó a leer un papel que tenia en una carpeta de cartón azul, sin siquiera mirarme. Escuché lo que decía de pie con las manos y los tobillos esposados.
-Prisionero Rodrigo Palestra, le informo que el próximo martes 18 de enero del año 3568, termina su condena a veinte años de trabajos forzados. Se le dará la ropa correspondiente y la suma de 100 Drags. Ante su negativa de darnos la dirección de un familiar al momento de ser condenado, le informo que podrá tomar el tren a la ciudad que desee con su deuda cumplida. El gobierno espera que usted haya podido reflexionar en este tiempo y por lo tanto no vuelva a cometer ningún acto que ponga en peligro a la sociedad. Cabe aclarar que de reincidir, sin importar el delito que cometa, será ejecutado de inmediato, sin necesidad de juicio alguno.
Levantó la vista y me miró sin ninguna emoción en sus ojos.
-¿Entendió usted los términos de su libertad?
Me quedé mudo, no estaba seguro de entender nada. En mi cabeza rebotaban un montón de preguntas. ¿Cuando sería martes 18 de enero? ¿Estaríamos en enero? ¿Los 100 Drags, me alcanzarían para tomar el tren que corría a lo lejos, hacia la libertad con la que tanto había soñado? ¿El silbato del tren se sentiría tan maravilloso cuando uno estaba sentado dentro del tren?
El golpe del guardia en mi antebrazo con su palo de corrección me devolvió a la realidad, miré al hombre y dije si con la cabeza. El tipo dio vuelta el papel que había leído y me extendió una lapicera señalando el final de la hoja. Tenia que firmar.
El guardia me saco la esposa derecha de la muñeca y me empujo suavemente para que me acerque a la mesa. Todo mi cuerpo temblaba. Tenia el estomago revuelto y la cena amenazaba con salir en cualquier momento. Mis pies encadenados se trabaron al avanzar y casi me caigo de cara sobre la mesa. Tuve que agarrar mi mano derecha, con la izquierda esposada, para poder poner mi apellido en el papel.
Por primera vez, desde el día que llegue a la prisión, no caminaba sintiendo el suelo. Flotaba. Cuando entré a la barraca, muchos me miraron y no dijeron nada. Solo Nicasio hablo cuando me acosté en mi camastro.
-¿Cuándo te vas?
-El 18 de enero, pero no tengo idea de cuando es.
Rodrigo se durmió profundamente y soñó como no lo hizo en todo ese tiempo sobre los tirantes de cuero rígido. Dormir en la prisión era caer en un agujero negro, como de brea espesa, que envolvía el cuerpo y lo hundía en un mundo sin imágenes, sin sonidos. Estaba seguro que así era la muerte. Pero esa noche soñó con el tren.
El bólido de cincuenta metros, reluciente, parado en la estación, esperándolo con su punta redonda de un azul brillante. Subió con su pasaje en la mano y eligió un asiento del lado de la ventanilla. Miraba a la gente que lo rodeaba, vistiendo coloridas prendas, niños sonrientes de la mano de mujeres bonitas, olor a flores, mariposas de colores resaltando sobre el cielo azul y el tren con sus asientos blancos, acolchados, donde se acomodó hasta sentir la suavidad en todo el cuerpo. Entonces el silbato cortó el aire y cerró los ojos, sonriendo. Los rezagados se apuraron para subir. El guarda pego un grito que fue ahogado por la insonorización del vagón presurizado. Empezó a moverse muy lento, acelerando de a poco, más y más, hasta que llegó a velocidad de crucero y las imágenes por la ventanilla fueron como cuadros impresionistas, llenos de colores, pintados por un artista loco.
Cuando despertó fue informado que era 18 de enero y le ordenaron bañarme, afeitarse y ponerse la ropa que dejaron sobre el camastro.
Vio a los otros caminar en fila india por última vez. Nicasio en mitad de la fila ni se dio vuelta para despedirse, se perdió en el grupo de ropa gris, como si finalmente se hubiera suicidado.

domingo, 13 de mayo de 2012





CRUJIR DE ZAPATOS


Sonríe miserable, sentado frente al gerente. Un tipo, gordo y despreciable que lo felicita por el favorable almuerzo de negocios mientras se pone de pie y empieza a caminar por el enorme despacho. Le repite sus ideas como propias, sin darle ningún crédito.
El, se agarra con fuerza al borde del enorme escritorio lustrado, puede ver sus dedos fundirse en las vetas de la madera. Se para. El cuerpo rígido lo obliga a usar toda su voluntad para caminar derecho. Le ofrece la mano al gordo en señal de despedida, pero el gerente le palmea la mejilla.
Es una mascara sonriente por el pasillo. Por dentro la miseria crece, llenándolo de un odio inútil.
Un cuchillo de hueso atraviesa su espalda. El día de trabajo invade su cuerpo. Se acomoda una y otra vez en el confortable asiento de su auto importado. El cuero susurra quejas ante el roce del traje. La mano, prolija y cuidada, mueve automáticamente la palanca de cambios. Primera, punto muerto, primera, punto muerto. Un pájaro preso tras barrotes dorados.
“Estoy en la vía rápida” -piensa cínicamente.
Afloja un poco la corbata, tratando de dominar el ahogo que lentamente invade su garganta. Los rojos faros del auto de adelante, parpadean con cada gota de lluvia. Aferra el volante hasta que los nudillos se ponen blancos. En el parabrisas empañado, sus ojos claros enceguecen.
Pasos lentos, infinitos. El ascensor lo deja en el décimo sexto piso. Entra a su departamento despacio. Un pasillo en penumbras, silencio y tranquilidad. Cierra la puerta sin prender las luces y camina hasta el dormitorio. Invadido por miedos absurdos, percibe el crujir de sus zapatos. Acciona los interruptores que iluminan la habitación, clara y espaciosa. Se quita la ropa, guardando cada cosa en su lugar. Una pintura perdida en los dibujos del empapelado.
El espejo del baño le devuelve la imagen de un hombre de treinta y nueve años, con cabello corto y rasgos proporcionados. Del muchacho gordo con anteojos, que nunca elegían para los equipos deportivos, no queda nada. O tal vez si.
Acaricia su cara, estirando la piel que rodea los ojos. Siente sus yemas tensar las marcas del cansancio. Muy adentro, donde se guardan las cosas oscuras, vive el resentimiento. “La mediocridad trae miseria.” –piensa. Lo decía su padre que era un mediocre.
La seda del agua caliente, cae lentamente por su cuerpo. Cierra los ojos para disfrutar el momento. El pasado corre con el agua y desaparece por la cañería. Lo sobresalta el recuerdo de Andrea. ¿Dónde estará ahora? Seguramente en alguna de esas clases a las que asiste tan emocionada. Los sueños de artista de su mujer le causan gracia y muchas veces la hiere con bromas crueles. Hubiera preferido una mujer ambiciosa, que lo acompañe en la cruzada de conquistar el mundo. Deja la ducha con un sabor desagradable en la boca. Fastidiado, busca la notita que acostumbra dejarle. No está. Le resulta raro, Andrea es muy ordenada, o mejor dicho, sabe que el no soporta el desorden. Sentado en la enorme cama matrimonial, marca el número del celular de su mujer. Una voz grabada le informa que está apagado.
Ella, distrae oscuros ojos, en algo vano. El living sigue a oscuras. El, camina hasta la lámpara de pie, al lado de la silla de estilo, donde Andrea acostumbra leer. La luz cae brutal sobre una redonda y blanca cara. Retrocede enredándose con la alfombra.
-¿Qué haces?- murmura.
Ella, levemente, frunce su boca. El fuego rojo en el centro de los labios, un gesto de reverencia oriental. Levanta la vista.
Ve unos ojos rasgados, dibujo negro que lo mira sin parpadear.
-Te estaba esperando amor.
La negra peluca de nylon, cruzada por palillos, brilla artificialmente.
-¿Cómo entraste?
Se levanta y junta las manos a la altura del pecho en posición de rezo. Gira. Como sus labios, el kimono rojo de seda.
-¿Te gusta?
-Silvina, mi mujer está por venir en cualquier momento.
Ella, sostiene su mentón con una fina y lánguida mano.
-Silvina, ¡por favor!
-Mi amor, voy a buscar vino.
La mira irse. Camina imitando los pasos de las japonesas en sus atuendos típicos. Todo su dominio se esfuma, dejando un despojo de hombre. Los miedos mas antiguos, las inseguridades que mas combate, están ahí, palpables, corpóreas. Silvina, tararea una canción. La importante ejecutiva de la empresa donde trabaja, está cantando en su cocina.
Se obliga a caminar. A medida que se acerca, la siente moverse, percibe hasta el roce del kimono contra los muebles. La iluminación brillante y fría, lo recibe con crudeza. En el piso, delante de la heladera está Andrea. Boca arriba y con los ojos abiertos, mira fijamente el techo. Su rostro está increíblemente blanco. Ha perdido un zapato y el pie desnudo deja ver sus arregladas uñas rojas. La cabeza se vuelve liviana, volátil y tiene que sostenerse del marco de la puerta para no caer.
Silvina camina sobre la inmaculada cerámica blanca, arrastrando la sangre roja. Lo hace con pasos cortos y apretados, dejando raros y artísticos dibujos. Dejó de cantar y el silencio lo aturde aún más. Ella se sienta en la banqueta alta y lo mira fijamente, definitivamente. Sus piernas cruzadas, sin cruzarse.  De la ancha manga aparece la mano, en la mano el brillante cuchillo que no pudo adivinar. La ve acercarse con una lentitud imposible.  Su cara blanca, muy blanca, como la luz, como el rostro de su mujer en el suelo, como la cerámica del piso, como la neblina que lo envuelve.


sábado, 12 de mayo de 2012




Cada día que pasa me doy cuenta que escribir es lo único que llena un extraño vació en mi interior. Pero por otra parte estoy descubriendo que a medida que lleno ese vació necesito reescribir lo escrito hasta que la escritura no sea solo algo que llena vacíos. Cuanto mas reescribo, mas corpóreo es el resultado y entonces se convierte en un complemento absolutamente necesario, como las manos que uso para tipear esto y el vació vuelve con la necesidad de llenarlo con mas escritura. El infinito me pertenece gracias a la escritura.

jueves, 10 de mayo de 2012


A un poeta menor de la antología 

¿Dónde está la memoria de los días
que fueron tuyos en la tierra, y tejieron
dicha y dolor y fueron para ti el universo?

El río numerable de los años
los ha perdido; eres una palabra en un índice.

Dieron a otros gloria interminable los dioses,
inscripciones y exergos y monumentos y puntuales historiadores;
de ti sólo sabemos, oscuro amigo,
que oíste al ruiseñor, una tarde.

Entre los asfodelos de la sombra, tu vana sombra
pensará que los dioses han sido avaros.

Pero los días son una red de triviales miserias,
¿y habrá suerte mejor que ser la ceniza,
de que está hecho el olvido?

Sobre otros arrojaron los dioses
la inexorable luz de la gloria, que mira las entrañas y enumera las grietas,
de la gloria, que acaba por ajar la rosa que venera;
contigo fueron más piadosos, hermano.

En el éxtasis de un atardecer que no será una noche,
oyes la voz del ruiseñor de Teócrito.

Jorge Luis Borges


miércoles, 9 de mayo de 2012




El Viaje

Volar es fácil, dijo y saltó.
Me quede parada, apretando la rosa blanca.
Lo vi planear, lento, seguro. Las espinas enterradas en la palma de mi mano hacían latir de dolor mi carne.
No lloré, no podía llorar por ser cobarde.
Me quedé en la ruta y camine sangrando, hasta matar la rosa.
Supe de el por comentarios. 
Dicen que llegó a lugares secretos, mágicos. Dicen que conoce idiomas que nadie mas habla.
Cada tanto paro en la ruta y rebusco entre mis cosas la rosa ahogada. 
La miro un rato, le cuento mentiras, la engaño.
De aquel viaje que no hice solo me queda una cicatriz perlada.